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LOS GUARDIANES DE MARÍA . INTRODUCCIÓN



SOY NACIDO EN ELCHE,






 

POR LO TANTO, ILICITANO.


Con este texto empiezo este libro, para qué entiendan la fascinación cultural e intelectual que siento con respecto a mi ciudad.

Una ciudad la cual, a lo largo del tiempo, se le ha llamado de muchas maneras, quedando hoy para todos como CIUDAD BIMILENARIA.

En ella, si vamos retrocediendo en el tiempo, encontramos casi todas las civilizaciones que han existido en la historia. Y va divulgando esos hechos representándolos en sus fiestas como son los pobladores, moros y cristianos etcétera. Intentando no olvidar esta nuestra historia.

Pero tiene algo que la destaca y la hace diferente. Y no es porque su Palmeral haya sido nombrado Patrimonio de la Humanidad junto a la representación del Misteri, y eso ya la hace de por si especial.

Me refiero a otra cosa, a algo que cada ilicitano llevamos dentro, y ese algo es la devoción a nuestra patrona, la Virgen de la Asunción.

Y es esa fe hacia ella, la que no nos lleva a cuestionarnos en esta época de ciencias y búsquedas de resultados palpables, si de verdad vino como dicen los escritos antiguos (apareciendo en un arca en la orilla del mar). Si de verdad la encontró Cantó, el guardacostas. O fue otra persona.

No. No nos cuestionamos nada de eso. Porque cuando la miramos nos llena de algo extraño, positivo. Lo cual nos hace llenarnos de ternura.

Toda esta explicación no es más que una pequeña introducción, para que entiendan las preguntas que me he ido haciendo desde niño.


¿Por qué recaló en nuestra Playa?

¿De dónde vino el arca?

¿Por qué vino expresamente para Elche?

¿Por qué después de tantos años, nunca nadie ha sido capaz de dar un ápice de verisimilitud a este hecho?

¿Por qué nadie cuestionó nunca lo ocurrido?


Y así infinidad de preguntas que, de alguna manera, he intentado novelar de una manera amena, encontrándome con infinidad de sorpresas sobre esta ciudad, en un contexto de setecientos años.

 

Empecemos...

CAPITULO 1. LOS GUARDIANES DE MARÍA




El hombre puede creer en lo imposible. Pero no creerá en lo improbable.

Oscar Wilde.

 Dramaturgo y novelista Irlandés (1854-1900)









Madrugada.

9 de diciembre del año 1370


  El mar estaba agitado, haciendo que las olas bramaran en tormentoso vaivén en su constante lucha contra el viento de Levante.

   La Luna pálida, iluminaba la costa con una tenue luz, la cual devolvía luminosas figuras fantasmagóricas.

   El jinete cabalgaba despacio haciendo que la húmeda arena de la playa amortiguara el sonido de los cascos de su montura. Un soplo de aire hizo que el fuego de la antorcha, que llevaba en la mano, pareciera que bailara para él, regalándole con viva luz un incesante chisporroteo, haciendo aparecer y desaparecer grotescas siluetas en la arena.

 “El frío es inusual”, pensó. Mientras, el caballo, se agitaba dejando escapar un fuerte relincho caracoleando nerviosamente. Sin vacilar, como jinete experimentado, tiró con energía de las riendas. El bruto dejó escapar unas bocanadas de aire por su hocico como respuesta. El jinete acostumbrado a la oscuridad, se esforzó a penetrar aún más en ella inclinándose hacia adelante en su montura, como si así, pudiera escrutar mejor dentro de ella. A unos metros más allá divisó algo en la orilla, parecía una extraña barca.

  Descendió del caballo e instintivamente posó su mano sobre la espada que lleva en su cinto. Así, se acercó con suma cautela, pues en su mente aparecieron imágenes de las incursiones de los bandoleros y piratas que asolaban esa parte de la costa mediterránea. Cuando estuvo lo suficientemente cerca, pudo distinguir que lo que en un principio le pareció una barca no era sino una extraña arca con una tapa. Acercó la antorcha a ella y vio que en su frente único aparecía una boquilla o escudo a modo de cerradura, guardándose las aristas con cantoneras de metal, en forma de dientes de sierra. Bajo el adorno se veía unas líneas con varios clavos circulares, ocupando la mitad del espacio liso y no dividido, del frente. En ellas había letras extrañas que componían dos renglones. Sobre la decoración del frente había un dibujo. Dos discos circulares, rodeados de un círculo cada uno. En el primero de ellos vio una persona barbuda, que no representaba ningún signo de autoridad, ante su boca se definía: P.P.

    Rozó la tapa con los dedos, notando la humedad que la oscura madera le entregaba, junto con la sensación del grabado. Continuó observándola fascinado. Movió la antorcha hasta encontrarse con un anillo exterior, en el que se distinguían unas letras. Estaban mal trazadas, pero se podía leer:

 

ENRIQUE II REZ ISPAIN

 

      Su curiosidad se multiplicó. “¿Qué tendría que ver el rey de Castilla con la extraña arca?”. Pero su mirada volvió a dirigirse a un segundo anillo que representaba una cruz volutada con rayos rectos. El anillo estaba tachonado por tornillos de cabeza circular.

      Se incorporó mirando al cielo. Las luces del alba comenzaban a despuntar, dejando ver en todo su esplendor la playa de las Azucenas, en Tamarit. Apagó entonces la antorcha sumergiéndola en la orilla. No le importó la sensación de frío que le entregó el agua, a causa de la excitación creciente que lo llevaba a una curiosidad extrema por ver el contenido de la extraña arca.  Se centró entonces en la cerradura.

        Sacó su daga y después de un rato y no sin esfuerzo se oyó un chasquido.  Devolvió de nuevo la daga a su cinto y se dispuso a levantar la tapa.  Al hacerlo, un gesto de sorpresa apareció en su rostro. Se santiguó y tapándola de nuevo, con sumo cuidado, se dirigió con prisas hacia su montura, subiéndose a toda prisa en ella volvió grupas y espoleando el caballo se dirigió a Illice.


      Pero con todo lo acontecido el jinete no se había dado cuenta que una figura le observaba en la penumbra.


FIN CAPITULO 1

 

CAPITULO 2 . LOS GUARDIANES DE MARÍA

 




ELCHE.

Junio de 2008.


           Era un hombre no demasiado alto, de edad indefinida, a causa de su prematura canosidad. Unas gafas oscuras, ocultaban un recóndito dolor. Esa era la impresión, que había tenido el hombre que lo observaba salir, en esos momentos, del Cementerio Viejo, dirigiéndose por la Avenida de la Llibertat, hacia donde él se encontraba. 

          La amplia avenida, corta la ciudad de Elche, en forma horizontal, y se funde en su camino hasta el rio Vinalopó, con el puente del Ferrocarril, ofreciendo a su paso, la vista del Molí Real, enclavado en el Parque Municipal y el Hort de Baix, inmerso en un mar de palmeras.

           Una vez cruzado el puente, entramos en la Avenida del Ferrocarril, donde se encuentra enclavada la nueva Universidad Miguel Hernández, en dirección hacia la capital, Alicante.

Sin vacilar se dirigió hasta él.

 -¿Señor Alonso Artuán? -Dijo abordándolo.

El hombre, se volvió en dirección a su interlocutor sorprendido. Frente a él, se encontraba un hombre grueso. Su traje le era estrecho, lo que le hacía parecer más sofocado por el calor reinante.  Solo hizo un gesto afirmativo.

-Me llamo Juan Campos.- Continuó diciendo. -Soy., bueno, quiero decir, era el abogado y albacea de su abuelo. Deseo, ante todo, darle mi más sentido pésame, y disculparme, por abordarle de esta manera.

-Gracias. - Respondió Alonso, de forma grave y mirándolo irónicamente continuó diciéndole. - No me considere descortés, pero pudo darme el pésame como los demás.

-Debe saber, que fue la voluntad de su abuelo, que me presentara de esta manera.-Contestó rápidamente el abogado. - Como usted sabrá, en los últimos años, su abuelo se comportó de forma extraña. Ya no era el hombre alegre, que acostumbraba a ir por las tardes, al Parque Municipal a charlar con sus amigos, terminando contándoles las fantásticas historias, que tanto les gustaba oír.

-Era un hombre con mucha imaginación, en eso tiene usted toda la razón. -Contestó Alonso.-Pero piense en su enfermedad. Supongo que no quiso que vieran, como la enfermedad lo iba minando. Por eso se enclaustró.

-Pero no me negará que su abuelo parecía estar siempre rodeado de un halo de misterio?

-Bueno, abogado, no creo que este sea el momento, de hacer caso, de viejas habladurías.

-Eso no lo sé. Pero discúlpeme de nuevo, lo que sí sé es que, parece que ese halo de misterio, continúa aun no estando él ya aquí.

-¿Qué quiere usted decir?

-Como ya sabrá, su abuelo se lo dejó todo.

-Claro, soy su único pariente. -Contestó Alonso.

 Mientras hablaban, habían avanzado sin darse cuenta, un largo trecho. Estaban acometiendo ya, la calle Reina Victoria, en dirección al Ayuntamiento.  Ya no se veía el cementerio. Mientras, lo hacían, el abogado continuaba diciendo:

-Y sabrá que es bastante considerable. Tanto, que nunca tuvo que ponerse a trabajar, y así poder dedicarse a…-,

-INVESTIGAR-.Contestó maquinalmente Alonso, preguntándose, a donde quería llegar el abogado.  Empezaba a cansarse de la conversación, pero la curiosidad, le hacía mantener la calma.

-Sí. Esa era la palabra. INVESTIGAR. – El abogado cerró la frase con una sonrisa-. Y le puedo comunicar que, con esas investigaciones, le ha dejado una inmensa fortuna.

-¿Cómo que una inmensa fortuna?

-Su abuelo, por lo que he podido averiguar, era muy bueno investigando en los negocios. Sobre todo, en bienes inmuebles y acciones, hasta tal punto, que mi gabinete se está volviendo loco para tasarlo todo. Pero a grosso modo, le puedo decir que puede haberle dejado, varios cientos de millones.

-¿Qué me está diciendo?-. Repitió asombrado Alonso.

-Sí, Sr. Alonso. Varios cientos de millones, de euros.

  Alonso se paró, quitándose por primera vez las gafas de su cara, dejando ver una mirada profunda e inteligente, pero que, en aquellos momentos, indicaban que estaba totalmente sorprendido.

-Ahora y sabiendo, que soy el albacea testamentario de su abuelo, ya se debe imaginar porque estoy aquí. –Puntualizo Juan Campos-. Hago la última voluntad de su abuelo, comunicándole de este modo, lo que tengo que decirle. Ya que no sé porque razón, no quería que se lo dijera, como sería lo normal, en mi despacho.

-¿Y qué tiene que comunicarme?

-Para obtener la totalidad de su herencia, deberá de constatar una serie de requisitos, que, de otra manera, en vez de obtener la totalidad de la herencia, Sólo recibirá una pequeña renta anual.

-¿Requisitos?-.Empezaba a pensar, que su abuelo, lo estaba metiendo en una encerrona.

-El primero de ellos, es que tiene que vivir única y exclusivamente aquí, en Elche. Concretamente, en casa de su abuelo.-   Luego le entregó un sobre que llevaba en la mano, y continuó diciendo.-El segundo, continuar con sus investigaciones. En el sobre, tiene las directrices para continuarlas.   

-¿Me está tomando el pelo? ¿Qué voy a investigar? ¿Las historias de mi abuelo? -. Alonso hizo un gesto negativo con la cabeza. No hubiera pensado nunca que su abuelo le pudiera estar haciendo esto. - Usted ya debe saber, que tengo un puesto de responsabilidad en Barcelona,-protestó Alonso -, y no puedo dejarlo, así como así.

-Le comprendo, pero tranquilícese.  La primera es sencilla, sólo tiene que presentarme el certificado de empadronamiento, expedido por el ayuntamiento. - le contestó el abogado en tono conciliador-.  En lo referente a su trabajo, sé que sabrá cómo arreglarlo.

-¿Pero en las investigaciones, como sabrá que he seguido las directrices? -.  Apuntilló Alonso.

-Pues tendré que confiar en las palabras de su abuelo. -Dijo sonriendo el abogado.

-¿Y cuáles fueron esas palabras?

-Cuando usted esté en el camino correcto, mi gabinete se enterará.  Me temo que no puedo decirle nada más, porque yo tampoco he llegado a comprender, el significado de sus palabras.  Debe tener en cuenta esto, pues lo he dejado para lo último, con la idea de que lo piense.  Su abuelo, dejó también dicho, que en el momento que lo resolviera, Quedaría liberado del compromiso-. Sacó una tarjeta del bolsillo interior de su chaqueta, y se la entregó a Alonso, diciéndole. -Por favor, espere a ver el contenido del sobre, y luego saque sus propias conclusiones. En la tarjeta tiene la dirección de mi gabinete, para que recoja un paquete que dejó para usted. Cuando lo trajo estaba bastante nervioso, y por lo que entendí, era de gran importancia, por lo que temía que se lo robaran. Es por eso, que no he creído conveniente, el traerlo.  Le dejaré dicho a mi secretaria, que se lo dé si yo no estuviera en esos momentos.

-Gracias por todo, abogado. Pero como comprenderá, necesito tiempo para pensar en todo lo que me ha dicho. -Dijo Alonso, mientras se colocaba de nuevo las gafas, y se alejaba de él.

   Se dio cuenta entonces, que había cruzado el Puente Nuevo. Aceleró el paso, adentrándose en la Plaza de Baix o del Ayuntamiento, La plaza consistorial más antigua del sur del País Valenciano. Una seca campanada le hizo alzar la vista, hacia las proximidades de esta. La Torre de Calendura, marcaba la hora. Recordó las explicaciones de su abuelo, con respecto al reloj. Era una torre construida por Alonso Gaytán en 1572. Lo que la hacía particular, es que la esfera del reloj, Se encuentra en la parte opuesta, de la fachada del ayuntamiento.

 Compuesta por dos autómatas, que en 1579 fueron bautizados, Como Vicent Calendura el más pequeño, y daba los cuartos.  En ese momento, el movimiento lo hacía Miquel Calendura, marcando las horas.  

   Alonso lo miró como cuando era niño, lleno de fascinación, esperando el último repique de Miquel. Cuando lo hizo, eran las doce del mediodía. Aceleró el paso, perdiéndose a través de la corredora.

       FIN CAPITULO 2

CAPÍTULO 3 .LOS GUARDIANES DE MARÍA







Amanecer

29 de diciembre del año 1370.



Una figura observaba al guardacostas desde la penumbra.

Los ropajes desaliñados, contrastaban con su persona. 

Quizás fuera porque éstas, aunque sucias, aparentaban ser de buena calidad, o bien, porque al fijarse con detalle, en sus gestos y movimientos, revelaba un aire caballeresco.

Aunque en su cara se denotaba cansancio, en su rostro, apareció una chispa de alegría.

Mientras el jinete se alejaba a todo galope, salió de su escondite y se dirigió al arca.

Al estas frente a ella, sintió que el tormento y la angustia que se habían apoderado de él durante días, pensando que no la volvería a ver más, se extinguía. Sintió que unas lágrimas recorrían sus mejillas. Con rápido gesto se las secó con las mangas de su sucia camisa.

Tocó con suavidad la tapa, viendo, que l guardacostas no la había cerrado, y sin dudarlo la levantó.

Lo que se descubría dentro del arca, era la imagen de una hermosa "señora" coronada, tumbada en ella, como si durmiera.

Sus manos permanecían juntas, pero no entrelazadas, dispuestas como si rogara a Dios. 

Sintió una honda ternura al recordar los retos y peligros, que había pasado junto a ella. 

Se santiguó, y como si de una mujer se tratase, con suma suavidad, escarbó entre sus ropajes, hasta que sus manos toparon, con un objeto rectangular. Al sacarlo, vio que estaba envuelto en una fina piel para protegerlo.

"Eso era lo que buscaba"

Nervioso, se lo introdujo dentro de la camisa. A continuación, colocó la ropa de la imagen como la había encontrado, y cerró con sumo cuidado, de nuevo la tapa.

Incorporándose, miró una vez más, a su alrededor, encontrándose con el Cap del Aljub. 

Decidió ir en esa dirección, utilizando la vereda, que había visto antes, entre los carrizales. Pasando a ser un viajero más que transitaba por aquellos lares. Ya que si se decidía ir por la playa, que sabía era el camino más corto, correría el riesgo de encontrarse algún otro guardacostas y no tenía tiempo de dar explicaciones.

No se preocupó por las huellas que había dejado en la orilla, pues sabía, que el mar borraría cualquier vestigio de su estancia en el lugar, antes de que volviera el jinete con las personas a las que, supuso, habría ido a informar del hallazgo.

Miró las inscripciones de la tapa, aflorando una sonrisa en su rostro. Sabía de la importancia del contenido y sus inscripciones. Hubiera dado la vida por ella, no solo una sino mil veces, por protegerla. Aún sin haber jurado hacerlo.

Ahora viéndola allí inclinada sobre la arena, al tiempo que el Sol la cubría con rayos dorados, supo que nunca olvidaría esa imagen. Sintió como su corazón se le aceleraba, cuando pensó en la "señora", y todo lo que le había sucedido, le pareció una señal.
 
La cual, le hizo entender más. Sintió la paz de encontrarse fuera de peligro y saber que, ese era, el final del su largo peregrinaje. 

Y comprendió, que no era voluntad de los hombres, marcar el destino del arca, sino todo lo contrario. Porque el deseo de la "señora", era estar allí hasta el final de los tiempos.

De forma decidida se dirigió al arca, al tiempo que de su cinto extraía una daga. Sentía que le quedaba algo por hacer, pues al igual que su progenitor, el Altísimo había dejado en sus manos, algo muy importante para protegerlo. Y ese "algo" estaba ligado a la "señora". Pues estaba seguro, que el vinculo que les unía era ese y que por todo lo acaecido, se protegían el uno al otro.

Rozó la camisa con sus dedos, como queriéndose asegurar que el objeto continuaba allí y se sintió mejor al notarla.

Se introdujo entre los humedales, perdiéndose entre el carrizo, en busca de la vereda que lo llevara al Cap del Aljub.

El arca quedó allí sola mirando al cielo, mostrando en sus vértices unas nuevas siglas grabadas: 

C.I.Y.A.

    Lo que significaba lo tenía muy claro. Era ni más ni menos que:

"SOY PARA ELIG"




FIN DEL CAPÍTULO 3









 


CAPÍTULO 4. LOS GUARDIANES DE MARÍA


 

  Junio de 2008.

   HOTEL HUERTO DEL CURA. 

Parte 1.

ELCHE.




El hotel Huerto del Cura, está situado, en el centro de la ciudad. Enmarcado en un entorno de palmeras y plantas exóticas. Alonso, llevaba puesto el albornoz del hotel, se había tomado una ducha, a la vez que, no había tenido tiempo, después de lo ocurrido a su abuelo, a deshacer el equipaje. Como hacía todos los años, desde que tuvo que marcharse de Elche, por motivos de trabajo, siempre reservaba unos días de sus vacaciones, para visitar a su abuelo. Pero esta vez, al llegar se encontró a su abuelo, notablemente decaído. Lo llevó rápidamente al hospital, y aunque hicieron allí todo lo posible por él, ya no se recuperó. Recordó también, su entrevista con Juan Campos y lo que le había dicho, respecto a su abuelo.

Bien era verdad que, en sus últimas visitas a su abuelo, había encontrado a un hombre huraño, algo atípico en él, pues siempre lo había recordado, como una persona extraordinariamente extrovertida y vital. Pero esto lo achacó siempre a su enfermedad, ya que lo limitaba constantemente.

Pero lo que no entendía, era porque su abuelo, le había hecho eso, el que quisiera que permaneciera en Elche.

Recordaba, cuando hablaba sobre su marcha con su abuelo, este solo sonreía, creyendo hasta entonces, que era una aprobación a lo que le decía.


- ¿Por qué me haces esto abuelo? -, dijo en voz alta, mirando por el amplio ventanal del bungalow.

Su mirada tropezó, con una amplia terraza, conteniendo una magnífica piscina envuelta de vegetación, que, gracias al clima mediterráneo, se mantenía durante todo el año, dando a los huéspedes, momentos de paz y tranquilidad. En esos momentos, unos niños jugaban dentro del agua, mientras los adultos, se entretenían tomando, en blancas hamacas, el Sol. Otros en cambio, calmaban el calor, con refrigerios típicos del verano, a la reparadora sombra, que les ofrecían las sombrillas.

Volvió de nuevo su mirada hacia el interior de la habitación, recayendo en el sobre que descansaba sobre la mesita. Era un sobre no muy grande, de color amarillo.

Se acercó a él cogiéndolo, sintiendo el film de burbujitas, que protegía su contenido. Comprobó que la letra era de su abuelo, bien cuidada y limpia.


A mi nieto

Alonso Artuán


    Le dio la vuelta para abrirlo, y le chocó ver, que estaba lacrado en cera roja. Se sentó en la cama y abriéndolo, dejó caer su contenido encima de esta. Era una libreta de pequeñas dimensiones. Sus tapas, estaban oscurecidas por el uso más que por el paso del tiempo, pero en la parte inferior de la tapa, destacaban unas letras grabadas en oro:



B.A.




Fin del capítulo 4





CAPÍTULO 5. LOS GUARDIANES DE MARÍA

 




Mañana.
29 de diciembre del año 1370.




No supo cómo, pero notó que los pies se le hacían, cada vez más pesados. Hacía tiempo, que había dejado de sentir, el escozor de los pequeños cortes, en gran parte de su cuerpo producidos, por el carrizo. Intentó con todas sus fuerzas seguir andando, pero sus piernas, se negaron a obedecerle. El sonido de las aves en los humedales, empezó a parecerle ensordecedores, e intentó dar otro paso. Su cuerpo se resistió, y luego cayó de bruces entre las cañas y el fango, percibiendo, la fría agua entre sus ropas y la sensación húmeda, del salobre en sus labios. Intentó luchar contra su cuerpo, pero este se negaba a obedecerle. Fue entonces cuando cayó, en un profundo sopor.

La oscuridad se apoderó de él.










El Cap del Aljub

Antiguo nombre de Santa Pola. 




Llamado así, porque en él se encontró un aljibe. En el cual, se colocó una torre para protegerlo, custodiada por tres soldados. Tuvieron que pasar unos doscientos años, para que esta, se convirtiera en fortaleza y fragmentara la línea de costa, por torres vigías. La primera, ubicada en la playa de las Azucenas de Tamarit. La segunda, estaba en la sierra y la restante, donde se encuentra en lo que actualmente es, el faro de Santa Pola. Todas ellas, cubrían el entorno de la Torre Fortaleza, del Cap del Aljub. 

Éstas, serían construidas, para proteger la costa, contra las incursiones de piratas y bandoleros e incluso cristianos, que navegaban por el Mediterráneo. Mediante fumatas por el día, y fuego por la noche, avisaban a Illice, si había ataques por parte de estos. En la Torre Fortaleza se crearía una guarnición, en la que habitarían los soldados con sus familias, pero que, con el paso del tiempo, se irían acomodando los lugareños, en busca de protección. 

No lejos de allí, entre los humedales, los rayos de sol dejaban ver perfectamente un claro, en el cual se alzaba una casa calada de blanco. El portón de madera, flanqueaba el paso a la estancia, la cual se componía de una mesa, con toscos taburetes dispuestos a su alrededor. En la pared del fondo, a la izquierda, se dejaba ver un hueco con estantes, en los cuales, descansaban los utensilios de cocina, y otros enseres propios de esos menesteres. La sala dividía la casa en tres puertas. La de la derecha, era una habitación grande, en la cual, se hallaba un cofre a modo de armario, un gran camastro, con una cruz encima, toscamente acabada. 

Al lado de esta puerta, se encontraba otra más pequeña, que daba a un espacioso patio, que acababa en los humedales.

Estaba constituido por un porche, que había sido levantado por refuerzos de madera, cubriéndolo con cañas. Desde allí, se podía ver claramente la Torre.

 Hacía a modo de cocina, viéndose en ella un puchero, el cual, con su incesante burbujeo, advertía que se estaba haciendo una comida. También había un corral, en el que se divisaban algunas gallinas y pollos, que campeaban indolentes, entre unos conejos. 

La habitación de la izquierda, era estrecha y oscura. La poca luz que entraba por el estrecho ventanuco, entrecortaba la silueta de una persona en un camastro, envuelta en unas sábanas. De pronto, la figura se incorporó, con una mirada perturbada. Su frente estaba inundada de sudor, y su respiración era totalmente irregular. Miró a su alrededor, estaba desorientado, solo recordaba la oscuridad que le abordó, y ahora se encontraba sumido en ella. Se esforzó en volver a la realidad y se dio cuenta, que se hallaba en un camastro. Sus manos se dirigieron rápidamente en busca de su pecho, el cual, encontró desnudo. Apartó las toscas sábanas y vio que, solo llevaba los calzones. Sintió un pinchazo en su costado, palpándose, notó un vendaje que lo cubría. 

Un canturreo le reveló, que había alguien en la habitación de al lado. Lleno de curiosidad, intentó levantarse. El descanso había sido reparador, ya que había cobrado gran parte de su dinamismo, pero un incesante escozor le recorría todo su cuerpo. Se acercó cauteloso a la puerta y pudo ver, a una joven de tez morena y de ojos oscuros. Su pelo, que caía con descuidadas blondas sobre su espalda, era tan negro, que aparecían de él, al contraste con la luz, destellos de color azul.

Calculó que no tendría más de diecisiete años. Cantaba una hermosa canción, mientras se disponía a poner la mesa. 

  -¿Dónde estoy?.-.Su voz sonó pastosa, tenía la garganta seca.   

La joven se volvió con un gesto de sorpresa. De su cara, sin embargo, brotó una sonrisa. 

 -No debiera haberse levantado todavía. Está aún débil.

 -¿Dónde estoy?.-.Volvió a preguntar con insistencia.

  -Muy cerca del Cap del Aljub. -Contestó ella mientras se acercaba, para cogerlo del brazo, añadiendo. -. Debe sentarse. 

Al cogerlo notó que, aunque maltrecho, los brazos eran poderosos, no era un vulgar lugareño, sus manos así se lo indicaban. Pues parecía más bien, un soldado o quizás un caballero. Se fijó entonces en su rostro, mientras lo ayudaba a sentarse sobre el taburete, era anguloso, su pelo ensortijado, le caía indómito sobre sus hombros, algunos de esos rizos, se fundían con una fina y cuidada barba. Vio que unas gotas de sudor perlaban su frente. Se dirigió entonces al patio, mientras sentía la mirada del hombre que la seguía, al momento volvió con un humeante tazón. 

 -Tómeselo le sentará bien.-. dijo depositándolo en la mesa.

Cogió el cuenco y bebió, con avidez, sintiendo una reparadora sensación, luego se secó los labios con el dorso de la mano y vio, que la muchacha lo miraba divertida. Fue cuando cayó en cuenta, que estaba en calzones, sintiendo un extraño rubor. 

     -¿Dónde está mi ropa?.-. Preguntó.

     -Fuera, se la lavé. Está secándose.

     -Y ¿Cuánto tiempo tendré que estar de esta guisa?


La joven, sin contestarle se dio la vuelta, y dirigiéndose a la habitación grande, entró en ella. Se oyeron unos extraños ruidos, y al momento volvió a aparecer con su juvenil sonrisa. En sus manos llevaba un bulto, el cual se lo entregó. Eran unos pantalones y una camisola. 

  -Póngaselo, supongo que le vendrá bien. -Dijo la joven. -Son ropas de mi hermano, son casi de la misma estatura.

  -¿De su hermano? ¿Vive alguien más con usted? -Preguntó sobresaltado. 

   -¿No habrá creído que iba a vivir sola entre los humedales?-. Le contestó divertida al verle la cara.- .Con los bandoleros y piratas que vienen por aquí .¿No cree?. Sí. mi hermano y yo vivimos aquí, junto a mi padre. Ellos fueron quienes le encontraron.

   

      -Y ¿Cómo fue que me encontraron?.

   -Tuvo mucha suerte, ellos van todos los días temprano, al alba, a los humedales. Mientras mi padre pesca, mi hermano se dedica a la caza, con sus trampas, para luego ir a venderlo al Cap del Aljub, para así obtener unas monedas, con las que seguir subsistiendo. Fue mi hermano, al ir a buscar unas de sus trampas, quien lo encontró. Pero en verdad fue mi padre, al ver en el estado en que se encontraba, pues al caerse se debió dar contra algo, es por eso lo del vendaje, quien decidió traerlo aquí.

El hombre se quedó pensativo, y luego mirándola fijamente a los ojos, le preguntó:

     -¿No le dijeron nada de una caja envuelta en piel?

   - No, solo traía una espada consigo, cuando lo trajeron.- Respondió sorprendida, mientras mantenía la mirada limpia, sobre los ojos de él.- La tiene en la leñera, al lado del fuego. No me gustan las armas, por eso la puse ahí. Puede cogerla cuando quiera.

El hombre no hizo ningún comentario sobre su daga, supuso que la había perdido entre los humedales. Después asintió y terminó con el tazón mientras ella decía:

    -Deberían haber llegado ya. Pero esta mañana después de dejarlo a usted, me comentaron que, en la fortaleza, se hablaba de que un guardacostas, había encontrado una extraña barca, en las Azucenas, en Tamarit. Y lo más extraño, era que contenía la imagen de una virgen. - santiguándose rápidamente. continuó - Después de hacer sus quehaceres, me advirtieron que irían allí.


El hombre suspiró para sus adentros, su mirada se perdió en el vació de la sala, y se sumió en el silencio. El destino se estaba cumpliendo, se dijo para sí. Oyó como la muchacha, se ponía de nuevo a canturrear, continuando con sus labores.

 








Fin del Capítulo 5



CAPÍTULO 6. LOS GUARDIANES DE MARÍA


 



Junio de 2008.

HOTEL HUERTO DEL CURA.    

(PARTE II).

ELCHE




Alonso se acomodó en la cama, cogió seguidamente un cigarrillo de la cajetilla que tenía encima de la mesita, y encendiéndolo, le dio una larga y cálida calada. Volvió a mirar el libro con curiosidad, lo cogió, y abriéndolo comenzó a leer:


Soy Bosco Artuán, hombre temeroso de Dios.

       Después de tanto tiempo, puedo confirmar, que he encontrado lo que buscaba, ya que he vivido, una serie de acontecimientos cuanto más asombrosos, todos ellos, destinados a salvaguardar el misterio.

        Un misterio, que no se si llegó a mí, por casualidad, o por los designios del destino. Así que comprendí, que donde cada uno de mis colegas falló, intentándolo y finalmente desistiendo. Yo tuve el don, de ver el camino, y así, poder elaborarlo. Como si de un puzle se tratara, para poder verlo todo, y encajar cada una de sus piezas. 

      Sentí entonces, que era impregnado, por el dogma de la iluminación. Siéndome así, revelado también, que estaba siendo vigilado por incomprensibles fuerzas, que tratarían tanto, unas de avisarme del peligro, como otras, por el contrario, ponerme dolorosas trabas, como así lo hicieron.

       Fue entonces, cuando decidí pasar por una simulada pasividad, que me llevó a conocer el inmenso dolor de la traición. Para poder asimilarlo todo, me incliné por hacer desaparecer, ese incógnito dolor, buscando la paz, en el cobijo de las palmeras del Parque Municipal.

       Como recordarás, fueron junto a ti, a las que contaba esas fábulas, que en mi corazón crecían, y que no era más que, preguntas escondidas, que yo me hacía sobre el misterio, por supuesto encubiertas.

       Ellas y tú, en agradecimiento, me devolvían respuestas, con la sabiduría del tiempo, por una parte, y la inocencia de la juventud, por otra, sobre lo que yo os había contado. Pero continuaba, solo con mi dolor. Es por eso, que al final decidí contarlas en público, ya que quería obtener respuestas, escuchadas en voz alta. Y obtuve más de lo que hubiera imaginado.

           Alonso, ¿si supieras qué hasta tú? cuando más perdido me encontraba, con esas preguntas de tu inocencia infantil, reflejadas en tu cara, me han ayudado. 

          Porque quiero que lo sepas. 

Lo que hacía este vulgar cuenta cuentos era

 CONTINUAR CON SU LABOR


         Una labor, que le había sido encomendada, por Altísimas Fuerzas difíciles de comprender, aún para mí. Cuando hayas leído esto, querido Alonso, será porque yo ya no estaré.

         Pero quiero que recuerdes, cada una de las historias que este viejo contó, protegido por las sombras de las palmeras, mientras un chiquillo, las escuchaba lleno de fascinación. ya que junto esta vieja libreta, te ayudará a revelar a ti también, lo que yo descubrí.

      Siento tener que pedirte de esta manera, que continúes con mi labor. pero pronto te darás cuenta, de cuán importante es.

      Te pido perdón, si ahora no lo comprendes. pero sé que, en algún momento, lo entenderás.


Un abrazo de tu abuelo, que siempre estará contigo.

 No lo dudes. 



Posdata.:   Lleva cuidado, observa, y no te fíes de nadie. Ya que intentarán confundirte. Y, sobre todo, prepárate para la traición.



 

Alonso cerró la agenda, perplejo. El cigarro, se le había consumido en el cenicero. Leyendo el escrito de su abuelo, se había olvidado completamente de él.

        ¿A qué misterio se refería su abuelo? ¿Qué tuvo durante toda su vida guardado en mente?, para que ese secreto lo convirtiera en una persona huraña, y a la vez, solitaria al final de sus días.

     Cerró los ojos y pensó en las historias de su abuelo, recordaba las tórridas tardes de verano. que guarecidos entre las palmeras. recogían el frescor que emanaban. junto a la hierba fresca recién cortada, y allí sentados, su abuelo contaba sus historias. Recordó también, lo orgulloso que estaba, al ver que tanto conocidos como extraños, felicitaban a su abuelo que encantado, contestaba a todas, y cada una de las preguntas que le hacían. Vio también a su abuelo, de regreso a casa eufórico, como si fuera un hombre nuevo y feliz.  Abrió de nuevo los ojos, sin dejar de pensar en ello.

     ¿No sería otra intriga más de su abuelo?. Su último cuento de misterio, para querer hacerlo a él de protagonista, con el único propósito de encontrar la paz, que su abuelo tanto anhelaba.

  Cerró el cuaderno y lo dejó sobre la cama, dirigiéndose a una de sus maletas. Sacó ropa de una de ellas, y se vistió. Empezaba a sentir un hormigueo en el estómago, tenía hambre. Se puso una chaqueta de lino blanco, y hecho un último vistazo a la habitación, deteniendo su mirada en el cuaderno que estaba encima de la cama. 

      Lo cogió y se lo introdujo en el bolsillo interior de la chaqueta, y salió del bungalow.









FIN DEL CAPÍTULO 6


CAPÍTULO 7. LOS GUARDIANES DE MARÍA




 



Mediodía 

28 de diciembre del año 1370    





¡Isabel! - se oyó una voz ronca que llegaba desde fuera de la casa.

    El portón se abrió, dejando entrar tibios rayos de sol junto a un hombre con abundantes canas. Tras él un muchacho joven y barbilampiño le seguía portando una taleguilla.

     Los dos se sorprendieron al ver al hombre sentado en el taburete. El más joven se dirigió hacia el patio mientras el mayor empezó a hablar en un taburete cercano a él.

    - ¡Hombre! Me alegro que se haya recuperado tan pronto. Entre los humedales parecía usted bastante mal trecho. ¡Menudo susto nos dio a mi hijo y a mí! -dijo el hombre y agregó. - Se nota que es usted un hombre fuerte.

    -Gracias. -contestó el hombre cortésmente. - Estoy profundamente agradecido por lo que han hecho por mí.

    -Bueno, no se preocupe, después de ver la sangre que perdió ya es suficiente satisfacción de verlo levantado de la cama. Si todo va bien en un par de días podrá estar completamente bien. A propósito, no me he presentado. Me llamo Francisco Hinojosa y aquel que viene del patio es mi hijo Diego. Él fue quien lo encontró, cuando iba a recuperar unas trampas. Y a mi hija Isabel ya la conoce.

    -Soy Miguel de Artuán, noble y caballero, solo puedo decirles esto por el momento.

    - ¿Cómo tampoco nos podrá decir que es lo que hacía allí?

    -No ya le he dicho que no. Pero si que les digo que es algo muy importante y por todo lo que han hecho serán recompensados.

    -Vamos señor Artuán, que no fue para tanto. Somos gente sencilla y lo hubiéramos hecho por cualquiera en su estado. -dijo Hinojosa al tiempo que su hijo movía afirmativamente la cabeza. - Lo único que me ronda la cabeza es el hecho de que hacía de esa guisa en los humedales porque creo que al meterlo en mi casa tengo ese derecho.

    -Lo entiendo. Pero le repito, que solo puedo decirles que estaba allí por una caja envuelta en piel que llevaba en mi pecho.

    - ¿Una caja en vuelta en piel? - dijo Juan Hinojosa sorprendido.

    -Sí, una caja muy especial. La cual era mi deber protegerla aún a costa de mi vida. - Y Miguel de Artuán preguntó-. ¿No la vieron cuando me recogieron de allí?

    Hinojosa negó con la cabeza y se dirigió con la mirada a su hijo.

     -Fue el primero en encontrarlo ¿Verdad Diego? -y le preguntó directamente. - ¿Viste algo parecido a lo que está diciendo el señor Artuán, hijo?

      -No padre, no vi nada. Sabe que me puse bastante nervioso al verlo pues en un principio lo creí muerto y fui corriendo hasta usted, para advertirlo.

    -Como ve, no sabemos nada de la caja de que habla.

    Hinojosa vio entonces la mueca de contrariedad de Miguel de Artuán.

    -Pero no se preocupe. - Continuó diciendo. - Mañana si se encuentra mejor iremos los tres al sitio donde lo encontramos y la buscaremos, pues si dice que la llevaba, allí debe estar. Es probable que se le cayera poco antes de perder el conocimiento.

      Miguel de Artuán con esas palabras se tranquilizó. Aunque sintió que la angustia de días pasados empezaba de nuevo a hacer mella en él.







     Los rayos del sol se reflejaban en los humedales, devolviéndolos convertidos en finos hilos de oro. Miguel de Artuán se había sentado en un banco hecho con un tronco de palmera. Estaba dispuesto en dirección a los humedales. Había preferido dejar a la familia Hinojosa seguir con sus labores cotidianas. Se sentía como el invitado forzoso que era y con el agravante de que estaba herido. Pero había tomado la decisión de aceptar la invitación de Juan Hinojosa de ir a los humedales para tratar de recuperar la caja, eso lo tranquilizó.

    Unas voces le sacaron de sus pensamientos. Volvió la cabeza y vio a Isabel junto a su padre que se acercaban hablando animadamente.

   -Padre. -Oyó que decía Isabel. - Cuéntale al señor Artuán, lo que ha pasado en las Azucenas.

    -Tranquila hija mía. -Le contestó con una carcajada. - Espera que llegue hasta el banco y me siente. Estoy ya mayor para seguir tu ritmo.

  Buscó acomodo en el banco que se encontraba Miguel. Miró a su alrededor y vio a su hijo que se afanaba en sus labores. Estaba preparando las trampas y aparejos para el día siguiente.

     -Aunque les digas que no lo hagan, que descansen. No lo hacen. No paran nunca, Artuán. Me siento muy orgulloso de ellos.

     -Venga, padre, cuéntelo otra vez. -le cortó Isabel.

    -Esta bien, pero a lo mejor no está el Sr. Artuán para historias.

    -Cuéntelo, Sr. Hinojosa, será un honor escucharlo. -contestó Miguel de Artuán.

     -Bien, pues empezaré diciendo que después de haberlo dejado aquí. Hemos ido mi hijo y yo a Illice con la intención de comerciar como todos los días. Pero hoy nos hemos encontrado con un gran revuelo. Entre corrillos la gente decía que uno de los guardacostas. Un tal Francesc Cantó. Se había encontrado un arca en las Azucenas la cual llevaba, como pudimos comprobar después, la imagen de una virgen. Cantó entonces se dirigió a Illice con la nueva y a media mañana estaban de vuelta con el regidor y demás autoridades comprobando la veracidad del hecho. La noticia se corrió como la pólvora. Cuando llegamos mi hijo y yo, había ya una gran multitud de curiosos que como nosotros nos habíamos acercado a verla. También se habían acercado los de Alicante y hasta el mismísimo obispo de Orihuela. Y allí en el centro de la multitud se encontraban estos en una acalorada discusión. Ya que todos tenían sus razones para querer tener la imagen. Pero de entre todos, un arriero que había allí, les propuso algo que a todos les pareció bien. Poner el arca en el carro de bueyes. Y si la providencia era la que la había traído aquí que fuera ella la que decidiera donde debía estar. Pues si había decidido aparecer en las Azucenas de Tamarit, también decidiría a donde querría estar. Así lo hicieron, pusieron el arca en el carro y tapándole los ojos a las bestias le dieron vueltas hasta desorientarlos. - Hinojosa hizo una pausa para ver, divertido, las caras de su hija y de Miguel.

          - Sigue, padre. Por favor.

         - Pues nada. Los bueyes eligieron una dirección. Y eso que lo probó hasta cuatro o cinco veces. Y aún poniéndolos de distintas formas y maneras.

          - ¿Qué dirección? - Preguntó lleno de curiosidad Miguel de Artuán.

          - Illice, sr. Artuán.- después de un breve silencio, continuó:

        - Siempre terminaban dirigiéndose allí. Luego, el Justicia Mayor de Illice les hizo caer en cuenta que, en la tapa, había grabado la frase en lemosín.


          - ¿Y qué frase era?-Volvió a preguntar Miguel de Artuán.

         - Soy para Illice. 

 

        Miguel de Artuán sonrió. La señora estaba ya en casa. Todo lo que había escuchado le llenó de paz, porque sabía que volvería a encontrar la caja. Porque aquel era su destino.









Fin Capítulo 7